
Por Elmer Féliz. – La farándula dominicana está atravesando una transformación en la que el trabajo artístico, la trayectoria y las producciones de sus protagonistas compiten cada vez con mayor dificultad contra un contenido basado en controversias, conflictos personales, ataques y viralidad.
El cambio no ocurre únicamente en los programas tradicionales: se extiende hacia las redes sociales, YouTube y las nuevas plataformas digitales, donde el número de reproducciones puede terminar determinando qué merece convertirse en noticia.
Tras algunos trabajos realizados, N Digital consultó a los periodistas especializados en entretenimiento Kenny Valdez, Moisés Balbuena, Alfonso Quiñones y Robinson Pérez para conocer su lectura sobre el momento que atraviesa la crónica de espectáculos y qué está provocando que la vida privada de las figuras ocupe un espacio cada vez mayor frente a su trabajo.
Aunque sus respuestas tienen diferentes niveles de crítica, existe un punto de coincidencia: la farándula está concediendo demasiado espacio a aquello que genera ruido y no necesariamente a aquello que representa valor artístico.
De hablar del trabajo de los artistas a hablar de sus vidas
Para Kenny Valdez, el cambio está directamente relacionado con una nueva necesidad de producir números en las plataformas digitales. A su juicio, la búsqueda de visualizaciones y monetización está llevando a que la controversia gane terreno y desplace el trabajo artístico, teatral y cultural.
La periodista observa una diferencia importante entre la farándula que se construía anteriormente y la que se consume actualmente: antes, la carrera, las producciones y los logros de los artistas tenían mayor peso, mientras que ahora la vida personal puede convertirse en el principal atractivo.
Una lectura similar presenta Robinson Pérez, aunque con un enfoque menos categórico. Para el periodista, la farándula dominicana vive una tensión entre la noticia sobre el arte y el trabajo de sus protagonistas y el interés por conocer su lado personal. Las redes sociales permiten al público tener acceso prácticamente permanente a la vida de las figuras, creando una curiosidad que siempre ha existido, pero que ahora se desarrolla a una velocidad mucho mayor.
El problema, plantea Pérez, aparece cuando esa curiosidad deja de ser un complemento de la cobertura y termina desplazando el talento, la trayectoria y el trabajo artístico.
En esa misma dirección, Moisés Balbuena considera que la vida privada de los famosos siempre ha generado interés, desde las revistas y los paparazzi, pero sostiene que existían límites más definidos. Ahora, con las redes sociales y plataformas que monetizan prácticamente cualquier contenido, entiende que la intimidad se ha convertido en materia prima de una industria que premia el morbo.
La controversia como negocio
El elemento que atraviesa las cuatro respuestas es la competencia por los números. Robinson Pérez señala que las visualizaciones y la viralidad están condicionando la selección de contenidos y que, en determinados casos, parece que la materia prima de una noticia debe ser el ataque, la respuesta o la controversia para conseguir atención.
También reconoce que los propios medios tienen responsabilidad, porque aquello que no recibe cobertura difícilmente consigue la misma visibilidad que aquello que se convierte en escándalo.
Moisés Balbuena lleva esa crítica más lejos y considera que la farándula actual está marcada por una competencia donde importa menos qué se dice que cómo se dice y de quién se habla. Desde su perspectiva, el conflicto se convierte en una herramienta para generar contenido y conseguir atención, incluso cuando se entra en terrenos de la vida privada.
Para Alfonso Quiñones, el panorama es todavía más crítico. Su diagnóstico es directo: considera que actualmente predominan los contenidos escandalosos, mediocres e intrascendentes y cuestiona incluso que pueda hablarse de una verdadera industria de la farándula en el país.
Su cuestionamiento va más allá de los programas o plataformas y apunta hacia el ecosistema cultural dominicano, al considerar que existe una reducción progresiva de las aspiraciones y una insuficiente formación en apreciación artística.
El influencer entra al medio y el periodista pierde espacio
Uno de los cambios más significativos está en quién ocupa el micrófono. La expansión de las redes sociales permite que personas sin trayectoria previa en los medios tradicionales construyan audiencias propias y posteriormente sean incorporadas a programas de radio, televisión o plataformas digitales.
Kenny Valdez cuestiona precisamente esa transición. Considera que tener seguidores no necesariamente implica contar con la preparación para comunicar, analizar o ejercer una función periodística, y advierte que la industria está confundiendo viralidad con talento y popularidad con capacidad profesional.
Su argumento establece una separación que considera fundamental: una figura pública, un talento y un periodista no necesariamente cumplen la misma función.
Valdez defiende el papel del periodista especializado como alguien preparado para escribir una crónica, analizar una obra, seguir la evolución de una carrera y emitir un juicio sustentado sobre el trabajo artístico.
Balbuena coincide en que la democratización de las plataformas tiene una doble cara. Por un lado, permite que prácticamente cualquier persona pueda mostrar su talento y alcanzar una audiencia sin depender de los medios tradicionales. Pero, por otro, considera que esa apertura también ha reducido los filtros y criterios necesarios para participar en una conversación pública sobre artistas y entretenimiento.
Pérez introduce aquí un matiz importante: las redes no son el problema en sí mismas. También han permitido que personas con talento encuentren oportunidades que anteriormente no tenían. El desafío aparece cuando la cantidad de seguidores se convierte en el principal criterio para decidir quién merece un espacio.
La contradicción de las redes: democratizan, pero también condicionan
Los cuatro periodistas reconocen que las plataformas digitales han cambiado el panorama y que sería imposible regresar al modelo anterior.
Kenny Valdez admite que las redes han generado oportunidades de empleo, crecimiento profesional y visibilidad para personas que no encuentran espacios en los medios tradicionales. Su cuestionamiento está dirigido a que esa apertura también haya permitido que personas sin preparación ocupen espacios frente a micrófonos.
Pérez comparte parte de esa visión: considera que la apertura digital democratiza el acceso y permite mostrar talento, pero advierte que la competencia basada exclusivamente en visualizaciones termina dejando fuera a quienes todavía no tienen una audiencia numerosa.
El resultado es una paradoja: las redes abren las puertas, pero los números pueden terminar determinando quién logra atravesarlas.
Así, un artista con trayectoria puede tener menos posibilidades de convertirse en contenido que una figura que protagoniza una controversia. Y un joven con talento puede quedar fuera de un programa porque todavía no tiene la cantidad de seguidores que garantice audiencia.
Pérez advierte precisamente sobre ese riesgo: cuando una persona entra rápidamente al circuito mediático únicamente porque genera contenido o polémica, puede desplazar a quienes poseen preparación, talento y trayectoria.
Cuando el escándalo se convierte en una puerta de entrada
La consecuencia más delicada de esta dinámica es que puede terminar instalándose la idea de que para obtener visibilidad hay que generar controversia.
Pérez considera que esa lógica afecta especialmente al talento emergente, que busca oportunidades desde el trabajo y la preparación, pero encuentra dificultades para competir contra quienes producen mayores niveles de ruido o visualizaciones.
Balbuena, por su parte, sostiene que la búsqueda de viralidad ha llegado al punto de permitir ataques, insultos o acusaciones contra figuras públicas sin la suficiente responsabilidad sobre las consecuencias.
Kenny Valdez también advierte sobre los efectos de esa dinámica y sostiene que las controversias y difamaciones pueden afectar reputaciones, trayectorias e incluso familias, además de llevar a conflictos que terminan en los tribunales.
Aquí aparece uno de los dilemas centrales de la nueva farándula: el contenido que genera audiencia no siempre es el que aporta valor al entretenimiento.
¿Y quién tiene la responsabilidad?
Las respuestas tampoco apuntan a un único culpable. Valdez señala a los medios, las marcas y a quienes permiten que personas sin preparación ocupen determinados espacios. Balbuena reclama mayores filtros y cuestiona la ausencia de mecanismos que permitan establecer límites en determinados contenidos.
Quiñones considera que el problema es multidimensional y que no puede atribuirse exclusivamente a los periodistas o a los medios serios. Pérez, en cambio, coloca parte de la responsabilidad en tres actores: los medios, los protagonistas y la audiencia.
Los medios deciden qué cubren. Las figuras deciden cuánto de su vida exponen. Y el público, finalmente, decide qué consume y qué convierte en tendencia. Por eso, su propuesta no pasa por eliminar la controversia de la farándula, sino por evitar que esta se convierta en su único contenido.
“La controversia puede ser parte de la noticia, pero no puede convertirse en el único contenido”, plantea Pérez, quien entiende que los medios tienen el reto de volver a abrir espacio al talento, al trabajo, a la trayectoria y a las buenas historias.
El reto: recuperar el equilibrio
Las cuatro miradas, aunque difieren en intensidad, terminan encontrándose en un mismo punto: la farándula dominicana necesita recuperar el equilibrio entre entretenimiento y contenido.
No se trata de negar el poder de las redes sociales ni de pretender que el público deje de interesarse por la vida personal de las figuras. Tampoco de cerrar las puertas a influencers y creadores de contenido que pueden aportar nuevas audiencias y perspectivas.
La discusión está en establecer qué criterios deben utilizarse para decidir quién comunica, qué se comunica y hasta dónde se llega para conseguir audiencia.
La televisión y las plataformas digitales pueden hablar de conflictos, romances, separaciones y polémicas. Pero también pueden hablar de una película, una obra de teatro, un concierto, una producción musical, un libro, una exposición, una trayectoria o un artista que comienza. El desafío consiste en que una cosa no termine eliminando a la otra.
Porque si la controversia se convierte en el principal mecanismo para conseguir atención, el mensaje que recibe el talento emergente es preocupante: trabajar puede no ser suficiente; para entrar en la conversación también hay que hacer ruido.
Y quizás el mayor debate que enfrenta actualmente la farándula dominicana no sea si las redes sociales la están transformando —eso ya está ocurriendo—, sino qué tipo de entretenimiento quiere construir la industria a partir de esa transformación. El público tiene parte de la respuesta. Los medios tienen otra. Las figuras también.
Pero los periodistas consultados por N Digital coinciden, con distintos matices, en que todavía queda una tarea pendiente: volver a colocar el talento, el trabajo y la trayectoria en el centro de la conversación sobre entretenimiento.
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