En cada barberĆa de Washington Heights, en cada salón de Queens, en cada factorĆa de Lawrence, en cada bodega de Paterson, en cada cocina de Providence a las 11 de la noche, se repite la misma frase bajita, con rabia contenida, con decepción de aƱos: No nos representan. Nos administran.
No es un eslogan. Es un diagnóstico. Es la radiografĆa exacta de 40 aƱos de relación entre el Estado dominicano y sus hijos que viven en Estados Unidos.
Durante 40 aƱos hemos sido la vaca sagrada. La que se ordeƱa pero no se consulta. La que sostiene pero no decide. La que financia pero no gobierna.
Ya se acabó. Esta generación no va a seguir aceptando ese trato.
CUANDO NOS FUIMOS, NO NOS FUIMOS
La historia oficial dice que nos fuimos. Mentira. Nos expulsaron. Nos expulsó la falta de empleo en los 80, la quiebra del 90, el apagón eterno, el clientelismo que cerraba puertas si no tenĆas un carnet del partido. Nos fuimos con una maleta de cartón y una foto de la Virgen.
Pero nunca nos fuimos mentalmente. El dominicano es el Ćŗnico migrante que, aunque tenga 30 aƱos en El Bronx, sigue diciendo «cuando yo vaya para allĆ”», como si todavĆa viviera allĆ”. Sigue escuchando la misma emisora. Sigue soƱando con hacer su casa en el pueblo. Sigue enterrando a sus muertos allĆ”.
Ninguna otra diÔspora latinoamericana es tan atada a su origen como la nuestra. El mexicano hace su vida en EE.UU. y se asimila en dos generaciones. El dominicano no. El dominicano funda su club de Banà en el sótano de una iglesia en Brooklyn. Funda su liga de softball de San Pedro en el parque. Funda su asociación de moto-taxis de Santiago en New Jersey.
Nos fuimos fĆsicamente, pero nos quedamos culturalmente. Y por eso nunca dejamos de mandar.
LOS NĆMEROS DE LA VERGĆENZA
Hablemos claro, con nĆŗmeros, porque a los administradores les gusta hablar de amor a la patria, pero no de dinero.
Somos tres millones de dominicanos. Somos la quinta comunidad latina mƔs grande de Estados Unidos.
Solo en el Ôrea tri-estatal de Nueva York vivimos mÔs de 900,000. MÔs gente que la población completa de 20 provincias dominicanas juntas.
En 2024, según el Banco Central, enviamos 10,756 millones de dólares en remesas. 10,756 millones. Para que entiendas: eso es mÔs que todo lo que genera el turismo neto. Es mÔs que toda la inversión extranjera directa. Es el 8.5% del PIB dominicano.
Cada dominicano en EE.UU. manda en promedio 4,300 dólares al año. Cada familia dominicana en EE.UU. sostiene a entre 3 y 5 personas en la isla.
A eso súmale lo que gastamos en pasajes: cada diciembre, mÔs de 200,000 dominicanos compran boletos a 800, 900, 1,000 dólares. Súmale lo que pagamos en servicios consulares: un pasaporte dominicano en Nueva York cuesta 200 dólares. En Santo Domingo cuesta 1,650 pesos, unos 27 dólares. Siete veces mÔs caro por ser de la diÔspora. Una carta de ruta, 50 dólares. Una legalización, 35. Un poder notarial, 100.
¿Sabes cuĆ”nto recaudó solo el consulado de Nueva York en 2023? MĆ”s de 18 millones de dólares, segĆŗn estimaciones de organizaciones comunitarias. ¿Dónde estĆ” ese dinero? ¿QuĆ© hospital, quĆ© escuela, quĆ© programa de ayuda legal para dominicanos detenidos por ICE se financió con eso?
Nadie sabe. Porque no hay auditorĆa. Porque no hay rendición de cuentas. Porque es administración, no representación.
Y todavĆa quieren que les demos las gracias.
LA ANATOMĆA DEL ADMINISTRADOR
Identifiquemos al administrador. Porque tiene cara, tiene nombre, tiene partido.
El administrador es ese diputado de ultramar que fue inscrito en la boleta porque aportó 80 mil dólares a la campaña presidencial. No sabe lo que es ir a renovar un pasaporte a las 5 de la mañana para coger un número. Aparece en marzo, se toma una foto con 20 viejitos en un restaurante de El Bronx, reparte 10 gorras, promete una oficina y desaparece hasta el 2028. Y cobra 300 mil pesos mensuales mÔs exoneraciones, mÔs barrilito, mÔs cofrecito. Pagados con tus impuestos.
El administrador es ese cónsul que llega por decreto. Que fue jefe de campaƱa, o amigo del presidente, o hijo de alguien. Que no habla inglĆ©s, que no conoce a un solo concejal de la ciudad, que no sabe diferenciar entre una organización 501(c)(3) ( entidad sin fines de lucro en Estados Unidos que estĆ” exenta de pagar impuestos federales sobre la renta gracias a la Sección 501(c)(3) del Código de Rentas Internas) y una junta de vecinos. Que viene a «administrar» a los dominicanos como si fuĆ©ramos una finca. Que usa el consulado para hacer polĆtica partidaria, para dar empleos a sus amigos, para negarle el servicio al que es de otro partido.
El administrador es ese presidente de seccional de partido que lleva 15 aƱos en el cargo porque lo nombraron desde Santo Domingo. Que no hace asambleas, que no rinde cuentas, que cobra peaje para poner a alguien en la lista de candidatos. Que cuando un joven dominicano quiere participar le dice: «TĆŗ tienes que hacer fila, que aquĆ hay gente con mĆ”s tiempo».
Todos ellos tienen algo en comĆŗn: no fueron electos por nosotros. Fueron impuestos sobre nosotros.
Y por eso no les duele nuestro dolor. Porque no viven nuestro dolor.
Cuando ICE hizo redadas en enero en Newark y se llevó a 30 dominicanos, ¿dónde estaba nuestro cónsul? ¿Dónde estaba nuestro diputado? En Santo Domingo, en una sesión. El que salió a dar la cara fue el congresista americano Adriano Espaillat, electo aquĆ, por gente de aquĆ.
Cuando se quemó el edificio de la calle 80 en El Bronx y murieron 5 dominicanos, ¿quiĆ©n organizó la colecta? Las bodegas, las iglesias evangĆ©licas, la fundación de un pelotero. No el consulado.
Nos administran en lo bueno para cobrar. Nos abandonan en lo malo para no gastar.
EL DAĆO PSICOLĆGICO DE SER ADMINISTRADO
Esto no es solo polĆtico. Es psicológico. Es existencial.
Ser administrado te enferma. Te crea el sĆndrome del hijo bastardo. Eres dominicano para pagar, pero no eres suficientemente dominicano para decidir. Eres gringo para que te miren mal en la isla cuando opinas («tĆŗ no vives aquĆ, tĆŗ no sabes»), pero eres dominicano para que te miren mal aquĆ cuando pides ayuda («tĆŗ no eres ciudadano»).
Te dejan sin tierra. Ni de aquĆ, ni de allĆ”. Flotando.
Por eso hay tanto dominicano deprimido en Estados Unidos. Por eso hay tanto dominicano que, aunque tenga papeles, casa y carro, se siente vacĆo. Porque le negaron lo mĆ”s elemental que necesita un ser humano para tener dignidad: pertenencia con poder.
No queremos dĆ”divas. No queremos operativos de tres dĆas donde nos dan una charla y un llavero. Queremos poder.
YA NO SOMOS LOS MISMOS
Los administradores se quedaron con la foto vieja de nosotros. Creen que todavĆa somos los iletrados de 1985 que no hablaban inglĆ©s y que se dejaban engaƱar con una funda de arroz.
Se equivocan.
Hoy, la diĆ”spora dominicana es una potencia polĆtica en Estados Unidos.
Tenemos a Adriano Espaillat en el Congreso Federal. Tenemos a siete asambleĆstas estatales en Nueva York. Tenemos a once concejales en ciudades de EE.UU. Tenemos a jueces, a jefes de policĆa, a directores de hospitales, a superintendentes escolares. Tenemos a 40,000 dueƱos de bodegas que son el sistema alimentario de Nueva York. Tenemos a miles de dueƱas de salones, a cientos de contratistas de construcción, a doctores, a abogados.
Si sabemos gobernar Nueva York, ¿por quĆ© no podemos gobernar nuestra propia comunidad dominicana?
Si podemos administrar un presupuesto de 100 mil millones de dólares en la ciudad de Nueva York, ¿por quĆ© no podemos administrar nuestro propio consulado?
La respuesta es simple: porque no les conviene que aprendamos.
DE ADMINISTRADOS A SOBERANOS
No estamos pidiendo limosna. Estamos proponiendo una revolución pacĆfica, legal y democrĆ”tica. Se llama soberanĆa comunitaria.
Elección directa de cónsules y vicecónsules
En toda jurisdicción con mĆ”s de 100,000 dominicanos empadronados – Nueva York, Boston, Miami, Paterson, Providence – el cónsul general debe ser electo por voto directo, secreto y universal de los dominicanos registrados allĆ. Cada cuatro aƱos. Con debates pĆŗblicos en nuestras comunidades. Con un plan de trabajo auditado. Que no lo nombre el presidente de turno. Que lo elija el pueblo que va a servir. Si el cónsul es malo, lo quitamos. Como se quita a un alcalde aquĆ.
Reforma radical de la Ley de Diputado de Ultramar
NingĆŗn candidato puede postularse si no prueba residencia continua, legal, con taxes, durante siete aƱos en la circunscripción que quiere representar. Que presente su historial comunitario. Que tenga una oficina fĆsica y abierta en El Bronx, no en Naco. Que publique cada mes en quĆ© gastó el barrilito. Y que si no reside seis meses al aƱo en su circunscripción, que pierda el curul automĆ”ticamente.
Consulados como gobiernos locales, no como embajadas de partido
Pedimos que el 50% de los ingresos consulares se quede en la comunidad donde se genera, administrado por un Consejo Comunitario electo de once miembros – empresarios, amas de casa, estudiantes, lĆderes religiosos – para financiar: abogados de migración gratuitos, becas universitarias para hijos de dominicanos, repatriación de cuerpos, apoyo a mujeres vĆctimas de violencia. Que se publique cada centavo online.
Primarias reales en territorio americano
Solicitamos que la JCE abra centros de votación en Nueva York, Boston y Miami para primarias presidenciales y congresuales. Con observadores de aquĆ. Con padrones auditados aquĆ. Basta de primarias en patios de casas donde aparecen 500 votos fantasmas.
EL MENSAJE FINAL A SANTO DOMINGO
A los partidos, a los presidentes, a los cancilleres, les decimos con respeto pero con firmeza:
Se les acabó el modelo.
No vengan cada cuatro años a pedirnos 50 mil dólares para una cena, a prometer una casita y a dejarnos un diputado que no nos representa.
O nos dan poder real, o les vamos a quitar el poder que les damos.
¿Cómo? No mandando un mes. No votando por sus diputados. No yendo a sus actividades. Organizando nuestra propia lista de candidatos comunitarios independientes. Creando nuestro propio fondo de inversión que no pase por sus manos.
Porque descubrimos algo: si nosotros somos los que sostenemos, nosotros somos los que mandamos.
No somos administrados. Somos administradores de nuestra propia historia.
No somos la octava provincia. Somos la primera en aportes, la primera en sacrificio, la primera en amor por la patria. Y una primera no se administra. Se respeta.


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